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ARCHIPIÉLAGO DE
ÚLTIMA ESPERANZA
ISLA MADRE DE
DIOS
PATAGONIA CHILENA
Texto de Marta
Candel
La
sirena de niebla pone punto final a estos dos meses de exploración
en el lugar más bonito del mundo.
Madre de
Dios desaparece rápidamente entre la niebla.
Cierro
los ojos y abro mis sentidos. Trato de atrapar todo lo que para mí
es Patagonia.
Patagonia es viento. Viento aullando sin descanso. Viento que modela
a su antojo los árboles y la roca, construyendo bosques de tortuosos
bonsáis gigantes y cometas de piedra.
Patagonia es roca. Un mar de roca infinito que se vuelve plata
cuando llueve. Roca blanca que te atrapa, que te lleva, que te guía
a través de sus meandros, de sus acanaladuras, de sus montañas de
nata, engulléndote sin que te des cuenta, hasta dejarte exhausto y
desorientado, en un estado de éxtasis del que no quisieras salir
jamás.
Patagonia es musgo. Musgo cubriéndolo absolutamente todo en los
bosques magallánicos. Amarillo, rojo, naranja, verde son los colores
de sus bosques.
Patagonia es vida. Delfines, cormoranes, caranchos, coipos, patos
vapor, lobos de mar, erizos, lapas, mejillones, estrellas marinas…
Pero
sobre todo, Patagonia es AGUA.
Agua por todas partes
y de todas las maneras. Agua en lámina fina escurriéndose por la
roca inclinada. Agua mansa en arroyos de verdes bordes de musgo.
Agua encharcada bajo las alfombras de yerba de los valles. Agua que
va ganando velocidad por acanaladuras y meandros de piedra. Agua
precipitándose por sumideros y grietas abriendo caminos por las
entrañas de la tierra. Agua embravecida corriendo por los torrentes.
Agua de canales y senos saltando sobre los barcos. Agua que cae del
cielo a jarros, lanzada
sin piedad por Ayayema.
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